He de reconocer que la tecnología es una de las cosas que más me atraen. Soy una ávida consumidora de gadgets y nuevos dispositivos, y desde que Apple lanzó el iPad el pasado 27 de enero estoy emocionada. Ya sé que tiene muchas carencias, que incluso los detractores de la compañía de la manzana dicen que es como un iPhone con esteroides, pero qué le vamos a hacer. Quiero uno. Y lo quiero ya.
Son muchas las características técnicas que podríamos destacar del dispositivo, comenzando por su interfaz, su pantalla multitáctil o la facilidad de uso que caracteriza a todos los desarrollos de la compañía de la manzana, pero en realidad lo que me atrae del iPad es el propio iPad. Como dijo Steve Jobs durante la presentación -en la que se echaron de menos algunas ovaciones habituales en otras presentaciones de la compañía- hay que tenerlo en las manos y tocarlo para descubrir realmente el tipo de "experiencia" que proporciona. Y seguro que tiene razón.
Sin embargo hay una característica del iPad que, pese a lo que toda la industria está comentando, no me parece tan atractiva, y se trata del lector de libros electrónicos integrado: iBook. Será porque tengo un Kindle de Amazon y he comprobado que efectivamente la experiencia de uso de su pantalla basada en la tecnología de tinta electrónica proporciona una sensación idéntica a la del papel encuanto a esfuerzo visual y comodidad de lectura. No te cansas, no teduelen los ojos, no tienes que retirar la vista de la pantalla cada cierto tiempo para parpadear y humedecer los ojos -como sí ocurrecuando lees en pantalla... en cualquier pantalla retroiluminada, quiero decir-. Por muy bonita que sea la interfaz del iBook que integra el iPad no creo que alcance la comodidad visual de la tinta electrónica.
Pero no por eso vamos a dejar de desear el iPad ¿no? :-)
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